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Cuento al Fenix…
Un niño grande. Te ven como un niño y pareces uno. Pareces un niño, como te escribí una vez en un mensaje de celular, un niño malo con canicas y resorteras dentro de los bolsillos, un niño que necesita que lo escuhen, que lo miren, que hace muecas por las ventanas.
Para que las profecías se cumplan.
Dic 27 2007
Los verdaderos amigos son ángeles caídos del firmamento.
Por eso conservan su alma pura de niños hasta la muerte…
No son solamente personas que van por la vida…
Son esos que se entregan para siempre.
Esos que te dan la mano sin preguntarte nada.
Los verdaderos amigos se apoyan en tu hombro a llorar
pero también a reírse…
Te miran y te curan con sus encantos mágicos secretos.
Los amigos verdaderos son seres siniestros
que se lanzarían al abismo a salvarte.
Son lo más valioso de este misero punto en el universo.
No se venden, no se entregan, no traicionan y callan tus secretos
Los verdaderos amigos te dicen:
– Solo tú puedes entenderme…
Las lágrimas densas, escasas, caen confusas, románticas, aletargadas cristalinas en las curtidas hojas de mi libro preferido: lo cierto, es que tengo dos realmente, dos hermosas obras, por dicientes, tiernas, por amorosas, expresivas, por contener los secretos más hermosos de la vida, por ello, nunca me cansaré de derramar sobre estos, mis libros y amigos preferidos, lágrimas, llanto sincero, porque me escuchan sin hablarles, leen mis pensamientos y con sus hojitas amarillas me acarician, me transforman el tedio, la tristeza, el descontento, en hermosos momentos… Mis obras favoritas, Mobydick y El Principito. Pero, esta vez, le toca el turno a El Principito, estaba repasando por no me acuerdo cuantas veces ese capítulo del piquete en el tobillo, que lágrimas me saca sin necesidad ya de leerlo; bastaba saber la página y el sentimiento interno que desboca ese compromiso de lealtad de amigo, de escuchar los lamentos de mi pequeño Principito, contando sus vivencias, batiéndole su bufandita el viento, sus ojitos puros… Si sigo contándoles seguro no podré continuar con mi relato, terminaré llorando cabizbajo envidiando la suerte del dueño del planeta más pequeño del mundo; aunque algo irónico, he intitulado este relato: “como matar a mi mejor amigo”
Suena algo bizarro, macabro, pero, es producto de un concienzudo análisis de dos minutos que concluí, tras pensar, que no siempre la lealtad del amigo es suficiente premio humano, para retribuirle a alguien el amor de hermano. No, es confuso, pero relajante, saber que los amigos verdaderos como los que yo tengo, mis libros, te salvan de coartadas espeluznantes, que a veces vienen de esos que se dicen nuestras mejores amistades.
 Manos a la obra entonces. 
Corrían años difíciles de adolescente, quizá más de niño, porque en esa época, doce años tenía, era linda precisamente por eso, porque se sentía la alegría, el descomplique de la vida, no como ahora, que parece imposible vivirla a plenitud para los chicos de esa edad en estos tiempos…
Sentado, más que leyendo, meditando con mi Principito en las manos, contándole mis tristezas, la lejanía de mi madre, la enfermedad de mi abuelo, mi maestro, mi protector, mi amigo grande… La lucidez que tengo siempre ha sido como un problema para cada edad, si bien a los doce años, no perdía mi lugar en el grupo de alumnos sobresalientes académicamente, también tenía tiempo para divertirme con los compañeros, aunque siempre preferí estar averiguando cosas, leyendo, aprendiendo, o esporádicamente enseñándole a alguno que viera yo sorteando los difíciles laberintos de las matemáticas o la biología, que los hay muchos aún hoy todavía, diría que son más que antes. Afortunadamente, estuve esa época en el campo, con mi abuelo, mi madre en la ciudad y bueno, para que contar más. Recostado en un arbolito que ya casi estaba seco, porque algún desalmado se le ocurrió cortarle la corteza en rededor por la parte de abajo casi pegada a la tierra, el motivo, no se a quien se le volvió estorbo y decidió hacer que se secara mediante ese procedimiento, sin tener en cuenta el sufrimiento y la agonía que el arbolito experimentaría al hacerle esa extensa incisión asesina.
Tan entretenido estaba que ni me fije en las frases vulgares y burlescas que un compañero muy encopetado lanzaba en contra mía, yo, sin estarle haciendo nada.

Logré despertar de mi encantamiento algo molesto; levanté la mirada y allí estaba, Jesús, no se porque le pusieron ese nombre sagrado para el medio oriente, sabiendo que iba a crecer con el mismo diablo dentro, por su mirada, su caminado, por sus actitudes, podría decirse que su liderazgo era el análisis crucial que se hace del dictador ocasional de esos que surgen a veces en la humanidad, que dejan una historia nefasta. Pero en ese momento había que detenerlo. Algo más acuerpado que yo, afortunadamente mi abuelo me daba una alimentación nutrida, y las labores cotidianas, el ordeño, la huerta, me permitieron con disciplina formar un cuerpo atlético como para defenderme de cualquier arremetida de los futuros dictadores como este, que ahora tenía al frente.
Me puse de pie lentamente, no sin antes pedir disculpas a mi Principito por la interrupción tan brusca, cerré sus hojas y cubrí la solapa con mi suéter para que no viera, en caso de llegar al extremo, el mal ejemplo que le daría, de resolver las cosas por la violenta vía, pero, era necesario también forjar respeto, porque de lo contrario, las cosas día a día empeorarían, así que consideré oportuno el momento de defender mi tranquilidad y la intimidad que siempre he respetado en los demás.
Quedé frente a frente con él, nuestro curso era solo de varones de entre los 10 años y hasta los trece, unos más grandes otros más pequeños, otros muy parejos. Se hizo el círculo de siempre, unos que azuzan, los amigos de él, que amigos, digo los compinches, todos de bajo rendimiento escolar, indisciplinados y de esos dicharacheros que cuando no encuentran otra forma de incomodar, simplemente te arrojan piedras, te esconden los cuadernos, te halan el cabello, te pintan en los baños como si fueras un monigote de caricaturas que has de ser expuesto para las burlas.
Otros, callados, mordiéndose las uñas, serenos pero profundamente asustados, con sus pies juntos, bien peluqueados, inquietos de que ha de pasar, de esos que se sienten muy mal cuando se comenten injusticias, cuando a alguien golpean, cada golpe lo sienten como si fuera en su humanidad, casi todos ellos los más pequeños, los relegados por su estatura y su juicio, yo, me cuento entre ellos, aunque soy un poco más grande.
Fijé la mirada, serena exteriorizada, la respiración pausada, como me enseño el abuelo diariamente, no para pelear, sino a manera de dosificar las energías, para que alcancen hasta el final de la faena.
Se ensanchan los hombros, las piernas se templan, se aprieta el trasero con fuerza, las manos sueltas, tranquilo me digo una y otra vez en tono mental muy lento…
Jesús se acerca, desafiante, los puños crispados, el ceño fruncido, la cabeza baja, para parecer más fiero diría… Doy un paso medio atrás y espero, echo el cuerpo hacia delante, cosa de instinto diría, él se frena, me mira fijamente, pero luego su mirada se pierde detrás de mi, como si no resistirme mi fijeza, paciente espero, se escuchan gritos de vivas y vamos! Pero el casi no se mueve; entonces me dice señalándome con su dedo índice:
– soy más grande que tu, no se te olvide… Y se sube un poco para asustarme…
No digo nada, no lo pierdo de vista, ni a él ni a sus compinches, el campo de visión como que se crece, ahora solo los veo a ellos, al resto, no los detecto, solo escucho sus respiraciones y pálpitos, solo percibo sus sentimientos de miedo que me pase algo. Retroceden, entonces Jesús avanza dispuesto y decidido: – comience!  Me dice agresivamente…
No le respondo nada, ahí permanezco sin moverme pero alerta, muy atento a sus movimientos, veo su pulso, siento su respiración acelerada, su cuello palpita, sus ojos están continuamente desviándose hacia los lados…
Entonces se lanza!, Como en medio segundo o menos, no se como, porque no ha habido entrenamiento, doy un paso al lado y mi mano izquierda sale disparada hacia su vientre…
Se escucha un quejido seco y luego un estrepitoso ruido contra el suelo, sus ojos enloquecen, su piel se pone muy blanca, se estremece y pide auxilio ahogándose en sus propios ecos… Todos callan… Los más pequeños esconden su sonrisa entre sus manitas temblorosas, sus ojitos, como los de mi Principito cuando está contento, cuando ha logrado algo valioso que ha luchado desde siempre me despiertan del letargo… Ahora veo todo el entorno, Jesús está en el suelo, ha caído por primera vez, me asusté un poco cuando lo ví como se retorcía, asustado, indefenso, apretándose la barriga, y moviendo en frenesí las rodillas, casi abriendo un hueco en el suelo, transcurrieron unos segundos eternos, nadie se acercaba, sus amigos, no atinaban a decir nada, no se acercaron a auxiliarle. Entonces, instintivamente me abalancé sobre él, todos creyeron que a rematarlo, le grité: – tranquilo, acuéstese!
El me hizo caso inmediatamente, me puse sobre su cabeza de pie y le tomé los brazos, los batí en círculo mientras le decía acompasado, que respirara conmigo…
Así lo hizo…
Se puso de pie con mi ayuda, se sintió apenado… Tuve ganas de abrazarlo, quizá llorar sobre su hombro, no se, lo miré a los ojos, el hizo lo mismo pero en seguida bajo su mirada y se alejo solitario por el trechito que lleva de la cancha de fútbol a la escuela.
Volví a sentarme en el árbol agónico, no sentí nada diferente a remordimiento pero no lo exterioricé, ya que hubiera sido tomado como debilidad, como siempre.
Antes de concentrarme en leer, los chicos más pequeños me hacían miradas de contento, de satisfecho, como felicitándome por lo hecho sin decir palabras.
Tratando de volver a la normalidad, estuve durante unos segundos mirando el panorama que me rodeaba, de por si algo sospechoso, mucho silencio, pesado el ambiente.
A lo lejos, vi salir a Jesús del salón en la escuela, venía con la mano en el estómago, caminando algo de prisa.
Al llegar reunió a todos los compañeros y dijo muy convincente:
– La profe nos dejó ir a la laguna a divertirnos un rato, entonces vamos!
Yo no me emocione ni un poquito, esos planes no me gustaban porque era para aprovecharse de sus habilidades mañosas para humillar a los demás, junto con sus amigos.
– Vamos Augusto! Me dijo en tono militar
Yo le respondía que me quedaría leyendo, nada más, a lo cual refunfuño poniendo de nuevo cara de enojo…
– Que vamos o que quiere que lo obligue
Y se me acerco rápidamente como para alcanzarme antes de ponerme de pie, pero yo ya lo había sospechado y ágilmente estuve dispuesto antes que lograra llegar a mi lado.
– Venga no peleemos más, quiere ser mi mejor amigo?
Me sonreí, no de alegría, sino de saber que el me creía tonto. Me tendió la mano para sellar ese pacto que quería de amistad “eterna” y sincera…
Le di la mano sin descuidarme. Luego se dirigió al grupo de sus amigos y les dijo algo. Entonces todos empezaron a tratar de convencerme de que fuéramos al lago, que quedaba algo alejado de la Escuela, donde iba yo si, pero bien acompañado casi todos los días, a pescar, a leer o simplemente a nadar un poco para relajarme.
Les repetí tranquilamente que no, y a pesar de eso siguieron insistiendo por otros minutos hasta que se cansaron de mi negativa. Los más pequeños se hicieron como por instinto detrás de mi, como buscando protección, comprendí entonces que me debía a ellos por lo menos en ese momento, me volteé y empecé a hablarles de otras cosas que no fuera fútbol o hacer diabluras, que de las dos ninguna me ha gustado nunca.
De nuevo Jesús se me acerco diciendo en tono rogativo:
– hágale, vamos al lago, por la amistad si?
– No, gracias, me quedo con ellos a explicarles matemáticas o leerles mi libro, ellos tampoco irán a acompañarlos.
Todo quedó en silencio. Se alejaron sin disimular la ira refunfuñando entre los dientes con dirección a l lago, eran unos veinte, más de la mitad del curso, los otros chicos se quedaron conmigo, poniéndome la mano en el hombro o diciéndome cosas de lo acontecido anteriormente, a lo que les respondía que nunca en esos casos había que cantar victoria que solo es un paso de muchos que deben tomarse.
Leí un buen rato El Principito a los niños que se quedaron a acompañarme, un buen amigo da la vida por uno, eso lo supe minutos después, de seguro, entenderán lo que digo.
Contentos por las explicaciones que les daba con cada párrafo y las voces que yo cambiaba con cada uno de los personajes de mi preciado libro, nos hemos dispuesto luego a coordinar un juego de rondas o algo parecido; estábamos casi por ponernos a jugar quemados (un juego como perseguidos, donde se corre tras los otros chicos a tocarlos y dejarlos en estado voluntario cataléptico, mientras sus otros amiguitos de equipo los tocaban de nuevo para librarlos del encantamiento), cuando de repente viene uno de los amigos de Jesús, trastabillando por la vía que lleva al lago,  llorando y con un ojo golpeado, me abrazo como pidiendo auxilio, llorando sin contenerse, le vi los codos raspados y las manos sucias tanto como las rodillas, le dije: 
– cálmese, que pasó porque le pegaron?
Se sentó sollozando, lo que me diría, nunca ha podido olvidárseme y es más, he sabido que varias veces, he podido salvarme de que me hagan daño.
– Venga, cuénteme que pasó?
Ya calmado, me miro sollozando todavía y dijo la frase concebida, llena de terror:
– Es que Jesús quería matarlo, quería ahogarlo en el lago, por eso le insistía tanto que fuera con ellos, fue al salón a sacar una cuerda para amarrarlo…
Me asusté terriblemente, hasta donde era capaz de llegar un ser tan pequeño de edad y de mente por su orgullo insano?
No supe que hacer, si decirle a la profesora, contarle al abuelo o que…
Nada hice de eso, solo corrí al salón, tome mi cuaderno de tareas y escribí la historia que ahora les relato. Ese cuaderno se me perdió unos años más tarde, pero siempre lo llevé en la maleta.
Cuando terminé de escribirlo se lo leí a todos los chicos que estaban conmigo, ellos escucharon atentos, algunos asustados, otros no tanto, lo tomaron muy suavemente.
Cuando llegaron del lago Jesús y sus amigos, le pedí al profesor si me dejaba cinco minutos antes de la salida para hablar con mis compañeros de un proyecto que tenía para la escuela pero que necesitaba estar a solas con ellos. El accedió, sabiendo mi conducta y comportamiento académico.
Cuando el profesor salió, abrí el cuaderno y empecé la lectura así:
– Como matar a mi mejor amigo…
Todos escucharon atentos, Jesús y sus amigos sintieron tanta vergüenza que no salieron del salón sino después que todos los demás nos habíamos ido… Allí se quedaron, preocupados si yo le diría al profesor acerca de sus andanzas…
Al otro día, de regreso a la escuela, vi extrañamente un silencio sepulcral en Jesús y sus amigos, él, cambió conmigo, no me volvió a hablar pero tampoco me faltaba al respeto o me amenazaba como antes, igual se portaba con los niños que estaban a mi lado, no se que pensó él acerca de mi escrito o de la decisión  que di para manejar la situación presentada; meses después mi abuelo leyó mi historia, no me preguntó nada, solo se quitó sus lentes, me miró profundamente y con sus palabras tan sabias como siempre fueron, me hizo una seña para que me sentara en su regazo, me acaricio el cabello con sus manos arrugadas y en el oído me dijo:
– Augusto, serás tan grande como el emperador que una vez vi en una revista, un héroe dicen por allá de otros continentes. Nunca, jovencito, nunca dejes que te hagan daño, ni tu mejor amigo, nadie, nadie tiene derecho de hacerte daño. Me gustó mucho tu escrito, te felicito.
Me recosté en su pecho que se balanceaba con la respiración de quien le da paz a todo el mundo, justo como las hojas serenas al viento, que a diario veía volar sedientas de descanso buscando el suelo… Y me dormí, como tantas tardes escuchándole cantar sus canciones campesinas, dulce arrullo para un emperador en ciernes seguramente, como me decía mientras sus ojos claros dejaban escapar la lucecita que aún tengo en mis pensamientos diarios… 
Hoy día, a raíz de la invitación insistente de un amigo llamado Alberto para que lo visite en su ciudad, le he dicho, que si lo que quiere es matarme que me diga (claro es broma!), le he relatado mi cuento escrito de la realidad, y me respondió de forma muy graciosa, que si alguien se moriría sería él pero de risa, de saber que algo así me había ocurrido, pero sobretodo la salida que tuve sin ser violento, agresivo o vengativo.
El, es mi mejor amigo en este momento, esto lo digo en serio, y no creo, no creo que quiera llevarme a algún lado a matarme, sin embargo, espero que este relato sirva para recapacitar acerca de si en verdad existen “los mejores amigos” y que intenciones tengan contigo… Sobre todo cuando te inviten a pasear a los lagos o a los ríos. Para rematar la faena, recibí hace unos momentos otra carta de mi amigo Alberto, mejor de mi hermano, donde me dice que ahora el tiene miedo, dicho en sus palabras es el párrafo que a continuación expongo:
– Augusto, estoy algo preocupado con tu relato acerca de matar al mejor amigo; resulta que me puse a pensar en un cuento de hace tiempo que dice que un hombre que quería tener un importante empleo, es tan pesimista, que vía al trabajo que pretendía se puso a pensar negativamente acerca de lo que le dirá su supuesto jefe, se hace muchas preguntas y objeciones, siempre terminando por pensar que el jefe es una mala persona, que le dirá que no definitivamente cuando llegue a pedir el empleo. Cuando entra a la oficina del jefe próximo y antes de que este le diga algo, el empleado simplemente lo mira de mala manera y le dice: – sabe que? Ya no me interesa su maldito trabajo!…
Por ello me hallo preocupado, que tal si tu vienes a Bogotá y estás tan delirante que por pensar que quiero matarte cuando me veas me mates! Te espero de todas maneras, ya que si morir viene de tus manos, será como un poema el eterno descanso de mi alma buena y bien intencionada… Att. Alberto.
Así concluyó pues mi amigo su carta, me disponía a responderla, pero me dije, la mejor manera de demostrarle mi aprecio y mi confianza es llegarle hoy mismo de sorpresa y abrazarlo…
Pero, viéndolo bien mejor le aviso, que tal resulte que se asuste que en verdad quiero matarlo y se defienda? Ya no se que hacer, será mejor decirle que venga a Medellín a que me visite y nos iremos los dos a su tierra… No creen?