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De mirada perdida,
falda larga colorida;
caminar levitante sin afán,
esa mujer simpática de dialecto melodioso,
esa que engaña…
La gitana…
Tiéndele tu mano en ayuda,
ella confundida,
te dirá sin titubeos, leyendo tus líneas,
cuan mezquino corazón tienes
sin tenerlo;
te dirá lo infiel que eres sin serlo,
te alentará a la venganza por celos…
Ella, la Gitana…
La que engaña,
la que camina, la que vaga,
esa mujer sin destino,
que te dice el tuyo por monedas.
La Gitana, la que engaña.
Y un día, moribunda,
rodeada de cariño,
del cariño de sus parias hermanas,
aclarará su mente profana de adivina,
de truncadota de destinos;
ella, La Gitana, la que engaña,
bajará al sepulcro sonriente y arrugada,
con una larga vida de andariega extraña,
orgullosa de su sabiduría… Profana.
Con dos monedas frías
flotantes sobre sus ojos impíos,
que impedirán que los demonios le besen,
camino a su cielo, se irá sola sin miedo.
En una tumba frívola de un poblado ajeno,
reposa tranquila la fachada de un sepulcro,
entre flores resecas y grama crecida,
con una cruz de madera mohosa,
con un epitafio triste que reza:
Aquí yace, María, La Gitana…