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Cuento escrito en la sexta incursión a bl.net, sentí herida el alma, pero tenía que callar para no ponerme en evidencia, ellos detestan a los niños con defectos, pobres o negros, o con rasgos indígenas, una polémica se armó porque un chico tenía un defecto, se le pidió al infecto que expuso el problema que se alejara de él, que un niño con defectos era “poco disfrutable”, así que para alimentarles la discordia decidí inventarme este:

Cuento para embrujar espíritus nocturnos que asustan a los niños
– Otra vez? Mojaste la cama hijo!
Frase diaria. Pobre Renato, durante años ha sido su oración de madrugadas, y es que con siete años de oro de este lindo niño, de ojos azabaches gigantescos, por tiernos, por frescos, es para preocuparse.
En el inquilinato, todos te conocen por ese estigma… El niño que moja la cama, el niño que se orina. Y tan grande!
Vinieron los regaños, las cachetadas, las palmadas, las palizas, a veces acompañadas con baños de aguas frías.
Pobre, también su madre, mujer trabajadora, pobre, sola.
Yo, no soporté más regaños, más palizas. Tenía que presentarme.
Toco la puerta del cuarto, sostenida por tablas y puntillas, aparejo de pobrezas.
– Buenas. – Me mira pero me dice siga. No hay oposición ni desconfianza. Así son los pobres.
Renato en la escuela, aún no llega, estudia en la tarde, casi en la penumbra corre a diario como a las seis de la tarde a su cuarto, con su madre. Su única amiga y compañera en todo el vecindario.
– Gracias mi señora, muy amable. Me ofrece tinto y lo recibo.
Y empiezo a hablarle, sin tapujos y sin penas. Le digo que me apena el trato al que somete al niño. Que hay otras maneras de enseñarle y corregirle. De ayudarle. Que se que lo ama pero así, poco a poco va a destruirlo.
Me dice: – Vea! Que pobreza… Y desencadena en llanto, que pronto seca, es valiente.
Me siento en la única cama, más bien camastro; la cocina es una mesa, al frente de la cama, la separan solo dos pasos y una cortina vieja colgada de una cuerda.
Un closet viejo de madera sin puertas, unos palos que son de tendedero para las ropas húmedas, colgadas blusas, camisas, camisetas y unas medias.
Unos cuadros sin marco, viejos y descoloridos, colgados en puntillas que se casi caen, testigos mudos de la realidad de la vida: La Miseria.
Las paredes mohosas, algunas cubiertas con costales, para espantar la humead y el frío. No hay mayor engaño. Deben estar mal de los pulmones.
Un platón para lavar la loza, un balde viejo, una caneca con el agua de los diarios quehaceres. El baño, es compartido con otras 6 familias… Afuera, alejado de los cuartos, del cuarto de Renato. Cae la noche, el niño llega. Toca la puerta (a pesar de la pobreza, no se pierde la decencia) viene agitado como si alguien le persiguiera. Aún trae en sus ojitos un halo de alegría, del deber cumplido, su camisa raída y remendada y el pantaloncito kaki con parches escocés por las rodillas y el trasero al lado izquierdo. Notase que es regalada, le queda ya cortita.
Descarga su maletita de cuero vieja, regalada por algún vecino, saca sus cuadernos, doblados por las puntas, sus lapicitos mordidos por encima. Los pone cuidadosamente encima de la colcha de retazos tejida en lana de colores. No me ha visto, o lo ha hecho pero no lo dice. Le muestra sus cuadernos a la madre, orgulloso, ha hecho a cabalidad sus tareas. Ella, le acaricia el rostro, le sirve aguadepanela y le da de pan un trozo, duro por cierto, pero el cariño lo ablanda en las manos de mi niño. Y se sienta en el borde de la cama, me ofrece. Le digo con un gesto que coma su banquete. A fe que lo disfruta! Deja escapar gemidos gustosos, como quien cenara pavos o frutas frescas después de una larga travesía. Manjares, yo diría. Los come muy despacio, disfruta sus migajas con alegría.
La madre, algo intrigada pregunta:
– Señor, a que ha venido?
– De visita nada más. – Digo
Renato se sienta en mis piernas. Su madre le frunce el seño – No te da pena? –Le dice.
– No! Yo lo conozco de antes!
Responde casi con un grito fulgurante.
– Si? – Ella dice mientras se lleva las manos a la cintura y se apoya en una sola pierna a la defensiva.
– Y a que ha venido?
– Vine, señora. A suprimir las palizas, a evitar que le castigues. Ven mujer…
Abro la vetusta puerta de madera remendada de palos disparejos y puntillas oxidadas:
– En esta casa, que es más una pajarera, habitan como 32 familias, en cuatro pisos repartidos. Cada piso con un baño, alejado de los cuartos con sus cocinas internas, ya sabe usted. En las noches de frío que congela, usted ha salido? Ve, la escasez de bombillos en pasillos y escaleras? La penumbra reina, el miedo impera, ya sea por fantasmas, hombres u otros niños escondidos en los pasillos o en los alejados baños.
La mujer encoje sus hombros y pegunta:
– Y eso, que tiene que ver conmigo? Con Renato?
– Muy sencillo – respondo. Me dice, es su pesadilla diaria, levantarse con las ropas mojadas y oliendo a orín de niño? Lo es, cierto? Entonces te encolerizas y le castigas.
Me interrumpe, se queja:
– Pues todos los días lo mismo, eso es maña.
El niño se sonroja, se apena. Sus ojitos bogan en una claridad infinita bañados por un llanto que no sale, ahora veo un color que no tiene el arco iris… Llanto que enjuaga sus pupilas, Baja su cabecita cubierta de una felpa negra suave, como la caricia de las nubes. Se apena
Le respondo con calma, tomándole su mano:
– Señora, vine para que comprenda, que no es su culpa sentir miedo. Esa es la congoja de Renato, el miedo, el temor a salir solito en las noches frías. El, si siente ganas de ir al baño, pero sufre porque sabe que usted despierta y necesita su descanso. El baño está alejado. Llama en oraciones, pero no se atreve, no sale, está aterrado y finalmente se duerme, el cansancio de los niños y también el frío. No lo culpe.
– No lo sabía. – responde ella con tristeza. – Lo siento hijito. Porque no hablaste?
– Mamacita, no quería molestarte.
Y llora sus lágrimas de cocodrilo triste, suelta su pocillo sin oreja y se abraza a su madre.. Me abraza y baña con el manantial de sus ojitos negros de azabache mis manos que le acarician para consentirle.
La madre me mira extrañada. Le soba su manecita y pregunta algo intrigada:
– Señor, usted como lo sabe?
Respondo de inmediato:
– Señora, es que estaba algo ocupado, ya usted sabe, las guerras y el hambre que torturan tantos niños, era algo un poquito más urgente que Renato, pero nunca lo olvidaba, y aquí me tiene. De ahora en adelante vendré más seguido, para acompañarlo al baño a media noche, para darle valentía. Estaré con el también de día, para que estudie y progrese. Cuando yo no pueda, señora, por favor échele un ojito en las noches que la vea, para que pierda el miedo de ir al baño en las penumbras de las noches frías. Ya podrá salir solito, enfrentar sus miedos.
– Lo comprendo. Hijito lindo. – y lo abraza y lo besa con real cariño.
Me pongo de pie, me despido de beso, a los dos, en sus labios, un tenue beso que siempre le doy en las noches a Renato, ahora lo daré a ella, por ser una madre buena.
– Esta noche vengo Renato, irás perdiendo el miedo, desde hoy no mojarás la cama.
El pequeño duende de ojitos azabache, pupilas de arco iris, de cabellos de felpa, me abraza por la cintura y besa la manecita de su madre.
Sonrío y salgo.
Dentro, la madre comprensiva y amorosa con su niño en el regazo. El con sus dientes recién nuevitos le sonríe.
Ella, acaricia el rostro de durazno y labios de etiqueta de Renato, y pregunta en tono de dulce hada madrina:
– Tesoro. Como que conoces a ese señor. Y el que hace? Donde vive?
El bebé sonríe, la toma presuroso con su mano blanca, la besa y le responde:
– Mamita! El es el ángel de mi guarda, mi dulce compañía!

Monstruo cariñoso de pecas y ternura,
florcita de aderezos y dulzura
cuantos besos necesitas?

Ojitos Arco Iris de esmeralda pura,
perezosos a veces y otras llenos de bravura,
por favor mis flores resucitas?