>A mi adorado Papá, que siempre fue mi niño preferido…
Cuando en Diciembre le visité… Desvalido, padre mío.
Ya no estás conmigo…

Desde una ventana de La Lleras.

En las visitas solidarias a los niños de los empleados que se encuentran hospitalizados, un enfermito de 9 años, de nombre Iván; le regalé un carrito amarillo y anaranjado como las hojas de los árboles que se mueren y flotan al garete por el aire, paradójicamente libres…
Me quedé un ratito extra ayer en la tarde, anocheciendo, charlando con Iván.
Me habló de su tristeza, de cómo merodeaban las avecillas en su ventana, copetones, mirlas negras y unos pajaritos raros que nadie sabe como se llaman, de color verde claro. Me charló de la lluvia, de los árboles, de los prados, del frío, de la brisa de la calle. Me recitó sin saberlo prosas un poco melancólicas de su tristeza… A ratitos sonreía, contándome y mostrándome con sus deditos, los nidos en los árboles gigantes, de las torcazas que saltan siempre peleándose con solamente su alita derecha levantada; curiosidad que no supe responderle, es su naturaleza, le dije.
Me hablo de sus padres y su hermanita, del pesebre y arbolito navideño que no pudo ayudar a armarlo, como siempre en la sala de su casa. Sus ojitos se aguaron… Se aguaron los míos, le tome la manecita blanca y débil. Apretó su carrito anaranjado…
Fuimos a una sala de espera, donde las enfermeras tienen el altar para el divino niño esperado en noche buena, allí, tal vez una docena de chicos y chicas, algunos en silla de ruedas… No tenía regalos para ellos, no son de mi empresa y que mal me sentí tener las manos vacias para ellos. Sentí mucha miserableza… De mi maletín saqué mi libreta de ensayista de poemas y de cuentos desesperados guardados en el tiempo. Los niños miraban televisión distraídos, algunos ya casi durmiendo.
Y escribí este pequeño homenaje para estos pequeñitos, que tiene su corazón triste y a veces frío, porque algunos saben que no estarán en casa para la noche buena ni año nuevo.
Gracias a Iván, que con sus palabras de ángel me instruyó sobre la tristeza, pero también la esperanza que tienen en la vida, tan adversa para los más débiles serafines.

Sobre los agobiados árboles
se desploma la lluvia fresca
empapándolos de paciencia;
flotando en el aire hojas anaranjadas
desprendidas por las gotas
venidas desde las nubes viajeras.
Pétalos ya libres,
bailarines en cadencia
víctimas de la céfira brisa callejera
muy fría y nueva.
Las avecillas tristes y empapadas
refugiadas en aleros o sus nidos,
o en troncos escondidos
de las frondosas arboledas,
trinan afligidas,
esperan esponjadas
que el chubasco amaine,
y salir en busca de alimento
para sus pequeños críos…
Luego se oirán sus cánticos alegres
revoloteando en busca de comida
para los novicios pajarillos
que despiertan perezosamente.
Sin falta, después de su faena responsable
de acicalar sus nidos
y dar de comer a los chillones,
juguetearán presurosos
en algún charco dejado por la lluvia,
revolotearán persiguiéndose
las jóvenes alondras enamoradas,
que pronto tendrán su propia morada;
continuando el ciclo natural de la vida:
nuevas hojas, nuevos nidos…
Las noches mucho más frías,
las luces de la ciudad y los vecindarios
adornando las ventanas y avenidas,
los fuegos artificiales estallándose
en el cielo como si fueran estrellas cercanas…
El ruido de las ranas en los prados,
las sirenas, las batas blancas…
La tristeza en los rostros,
contrasta con la felicidad pasajera
de la venida del niño…
Y yo, aquí enfermo y triste,
mirando por la ventana
como las horas pasan…
Para la noche buena,
espero estar en casa
junto a mi familia y al pesebre,
al lado del arbolito de navidad
destapando los regalos,
y abrazándome a mis padres.
Que frío hace…

Salí un poco tarde de allí, mientras leía el poema en voz alta a una enfermera y los niños que estaban despiertos; me dio una pizca de pena. Copié el poemita en una hoja para mí, porque el original lo dejé pegado en el cuarto de Iván, con un pedacito de esparadrapo a la cabecera de su cama. Aun cuando no han empezado las novenas navideñas, los encargados de los niños les hacen la vida más alegre contándoles cuentecitos en la sala del pesebre, se disfrazan de payasos, los llevan casi dormidos a los cuartos…

Iván se quedó despierto, sollozando. Tuve que irme, quería verlo dormido, abrazando su carrito, sonriendo y soñando… Pero no logré que conciliara el sueño.
Voy a volver el sábado, que empiezan las novenas, con cánticos y villancicos y de pronto la sonrisa de las niñas y los niños.
Les llevaré una pandereta que mi madre me regalo cuando pequeño, quizá la toque yo mismo, aunque soy incrédulo de estas fiestas, la ternura y las miradas tristes de los chicos me dolió bastante. Llevaré otros regalitos para los demás pequeños querubines enfermitos.
Que frío hace cuando se está indefenso ante las desgracias humanas, especialmente cuando se ensañan en los niños.