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Muerte Cerebral Infantil concomitante…
En un mar oscuro infinito
de enrojecidos ojitos tristes,
de alegrías muy escasas
hambre de sonrisas y
sed de esperanzas…
Lúgubres palabras
y eternas lágrimas,
se debate una vida
condenada a los recuerdos;
con desaire enamorada
de lo más ajeno:
la felicidad de los que techo tienen
y del amor de hogar se ufanan…
Prescindible ánima callejera,
juvenil vicioso inculpable,
poseedor irrebatible
de privilegios falsos
y de pecados capitales,
vicios secos y baratos,
yerbas olorosas prohibidas
que producen sed y carcajadas
y además no medicadas,
cepas venenosas en almíbar…
Develas secretos solitarios
en los parques cómplices
de gigantescas ciudades;
chiquillo paria y ermitaño,
desechado por la mente imbécil
de quienes te deben protección y cuidado…
Lágrimas, llanto amargo.
Oncofagia, mitomanía tierna,
dedos largos y huesudos
amarillentos o morados,
labios resecos decorados de
ojos muertos y desorbitados…
Quijotesco infante
mustio por las calles
No! Este no es un niño…
Naturaleza sin vida propia es!
insustancial polvo estelar,
vacío de éter angelical…
Y que triste es la vida misma!
Este ser desmayado levitante
tiene sacol en su sangre pervertida.
Y cuando en el semi-sueño
despierta de pesadillas diarias,
unas monedas… Si alcanzan;
en una tienda jíbara,
con prescrita fórmula mental
se automedica el infeliz zagal:
su capital escaso
ahogará como embrujado:
tres monedas de 200 pesos
por un Kool
cigarrillo mentolado,
arrancarle medio filtro
sacarle el asqueroso tabaco
tacarle dos aspirinas
y embutirle desmenuzado
la picadura envenenada…
Lo enroscará y,
como chicote de canabis
le prende llama y aspira…
Succiona desesperado,
palpita su pecho desacompasado
lo disfruta ignorante…
Y al hacerlo, fallece…
Se retuerce sonriente y forzado,
dolor es? Agrado acaso?
Morirán sus neuronas escasas.
Sacol, tabaco y aspirina,
bazuco base de inmunda cocaína,
niño sin voluntad propia
que mueres sin pasado,
sin presente te alejas
envuelto en putrefactos andrajos…
Caminas, te arrastras y
por las calles solitarias
aderezas tu paladar sin esperanzas
con el aire enrarecido
que respiran los hijos prohibidos;
a los brazos de la sed y el hambre
te arrojas, aprendiz salvaje,
buscando refugiarte
en el seno de la muerte…
Si supieras maldecir tu suerte…
Pero no lo sabes, la fe
te ha convertido en un esclavo
de las mentes más sagaces…
Tus entrañas las revuelve el miedo
que sotanas te enseñaron:
la pobreza es un regalo…
Del cielo… Junto con el hambre.
Sin saberlo… Inocente…
Le ruegas favores ajenos
a dioses inexistentes.
Morirás, debes acostumbrarte,
debo acostumbrarme a verte
todos los días y horas
en diferentes cuerpos
con similares trajes…
Ojos vacíos de ángeles caídos,
(lo repetiré sin cansancio)
angelitos inalados
de alas breves,
como José Luís rimaba
en palabras tiernas;
rezaba y profetizaba:
“anhelados niños ajenos
que nadie quiere…”
Que desperdicio se dicen…
En voz baja los pederastas,
para nos ser escuchados.
Se tragan su pecado…
Infames, aprovechados…
Pequeño duende intocable,
no renacerás y en cambio
otras vidas cegarás;
y debo adiestrarme
a verte por las calles
paseando triste en tu capilla…
Opaca cerebral riqueza…
Tus escasos recuerdos en el vientre
de tu madre, tus ropitas de bebé,
tus carritos y tus trajes de juguete…
Allí nadie puede violarte,
es la única intimidad
que guardas celosamente…
Monstruoso descuido humano:
somos como víboras!
Peor que áspid venenosa
la soledad y la injusticia
te persiguen, te acosan;
niño propietario de las calles,
de los puentes y de los basurales,
te asesina infame, inmisericorde
la cerebral muerte…
La nuestra indolente y esquivante
y la tuya infantil figura
cuya sombra estéril
se refleja en la oscuridad del día
y las tenues luces nocturnales
un esqueleto andante…
Una calavera hiriente…
Cómplices somos todos
de este vil crimen
de los indefensos amantes del vicio…
Retaliación contra la ternura;
misma, propia y asesina;
y no me canso de decirlo…
somos verdugos, indisolubles,
indiscutibles y cobardes
de los ángeles caídos…
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