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Angeles caídos…
Serenata de profecías para Medellín, Colombia

Seguía las huellas de un ángel caído… Se detuvo en la vitrina, recostando su cabecita bien rapada en el vitral, precisé que pensaba…
Cuantas alegrías pudiera lograrse y cuantas tristezas evitaría si a su lado estuviera un ejemplar padre…
Sonríe, quizá si leí su pensamiento, mira para todos lados de la calle, cruza la acera varias veces, creo que quiere perder el tiempo…
Como es físicamente?
De altura, es hasta mi oreja, de su peso podría decirse que no más de cuarenta kilos; tiene una sudadera verde, como siempre, una camiseta sin mangas no muy fina, un arete en su orejita izquierda, y en sus dedos anillos de cobre, acero y otros de carey seguramente. Y seguramente también sus alhajas e siempre, sus manillitas del “Verde” y en la billetera imitación Totto las fotos de sus jugadores favoritos, una hojita de marihuana reseca recuerdo de alguno de sus “parceros” de la comuna, la foto de una amiguita, un relicario miniatura y la estampa de la “virgencita”… Y en su tobillo, una piola roja con negro y verde de la cual penden traviesas la figurita del divino niño y la de la virgen María, ya con los cristales tan opacos que no se diferencian cual es poderoso o la virgen… Santísima confusión divina… En su brazo izquierdo bronceado, reluciente, el tatuaje que le hice, en letras chinas, no se si lo recuerde… Lloraba pero apretando un pañuelo entre sus dientes duró tres horas mientras le marcaba su piel con la maquinita que me inventé para dejarle mi rastro para siempre… Tinta vegetal negra, labrado en letras chinas quedó en su piel mi huella…
Su cabello escaso deja una colita de pelo por detrás, la acicala cada diez pasos, se pasa su mano por la frente, sigue su camino y yo le sigo, silente y curioso… Se detiene ante una venta de buñuelos, fritos y refrescos callejeros… Mira a su dueña, mujer paisa, de trenzas, limpia y pulcra, regordeta… Saca de una cazuela unos pasteles… Angel parece hambriento. La mujer le mira y le guiña su ojo izquierdo…
– se le ofrece?
Angel, sonríe, sigue su camino, se cubre el cuello para que nadie perciba que pasó saliva… A su doce lustros primaverales oscilantes… Aguantando hambre callejera. Quise llamarlo y ofrecerle, pero soy discreto y además quiero seguirle viendo sus rumbos desconocidos… Presiento que no ha cambiado mucho.
Llega al Parque, se detiene, sube la butaca y se sienta en el recostadero, las piernas bronceadas cubiertas hasta la pantorrilla, tiene arremangada la sudadera verde, como siempre… Se rasca la pierna izquierda, pone su quijada en la mano derecha que tiene recostado su codo en la otra pierna, bosteza…
Me acerco para verle sus ojos, presumo tristes… Lo están… Desdén me acompaña en estos casos, cuando salgo en solitario siguiendo los pasos de ángeles caídos. Y él, no habla con nadie. Tiene de seguro su cuerpo adolorido, dormir en las calles no es tan bueno! Mucho menos en camastros y menos aún acompañados de degenerados amantes… Se nota su cansancio, no se ve mal alimentado pero su cuerpo parece que ha sufrido, las ojeras de color violeta y gris me lo dicen… Se rasca la cabeza, se levanta con pereza y se dirige de nuevo al asfalto… Pregunta de forma pícara a un vecino que horas tiene, se mete los dedos en la boca, zarandea su cabeza, le pide una moneda y quien se la niega? Le da quinientos pesos… Acaricia la moneda, la tira al aire a dar unas vueltas como queriendo que se le multiplique… Se le cae, la recoge, le mira la fecha. Se detiene, hace cuentas con los dedos, se toca la boca y sonríe…
Camina con ligereza, menea su cuerpo como si bailara al acordarse de algo bueno, ahora brinca en tres pasitos y luego corre ligerito atravesando la calle; se ven los teatros, un restaurante gigante, unos video juegos, la heladería…
Pienso, que bien que invierta su dinero, aunque poco en algo de comida, si le alcanza me digo…
Pero no, su rumbo no es de ordinario… Se va enfilando curiosamente mirando hacia “las maquinitas”, los video juegos…
Maldito vicio me digo… Entra en el local y cambia su moneda por dos fichos. Las guarda como si fueran de oro puro; es extraño si fuese comida no las saborearía con tanto gusto…
Sale de nuevo de “las Maquinitas”… Se para al frente, pareciera que buscara a alguien… Se da vuelta, mira como juegan otros niños, como él, también hambrientos de seguro… Se saluda con algunos; extrañamente observo que todos tiene sus alitas invisibles, todos ellos son ángeles caídos…
– Mono vení!
Le grita un pequeñito delgaducho… Y se saludan de un medio abrazo de amigos. Se dicen cosas al oído, se ríen, miran otros niños y hablan de sus intimidades…
Saca el flacuchito un bombón de su bolsillo, ya está chupado pero tiene el papelito de su original envoltura. Se lo ofrece. “Mono” lo recibe sin reparo, lo desenvuelve y se lo pega en los labios, cierra los ojos y doblando su cabecita rapada dice como sensualmente:
– mmmm que rico!
Se ríen a carcajadas, el flacuchito pierde en el descuido su juego de maquinitas.
Toma de la mano a Monito y salen brincando. En la puerta le pide su bombón, lo limpia con el revés de la camisa y lo mete en su boca.
Sale corriendo hacia la otra acera, Mono se queda esperando a ver que pasa…
– Vení Mono te digo una cosa!
Mono cruza, le dirige su mirada leal y sincera, pone su mano en el hombro al más pequeño y le dice en voz bajita como de secreto bien guardado:
– A! sabes que Mechita? Es que tengo dos fichos. Nos los gastamos?
Se devuelven a prisa… Ya saben que alguien les busca, se miran, picaras y enredadas miradas que ya saben a que juegan….Serán sus matices juveniles, moldes para las manos de mentes enfermas…
Pero, no me equivoco y si, alguien los vigila, además de mis ojos curiosos y llenos de penas…
Me alejo sumido en tristeza, el llanto que cubre mis mejillas de nuevo mancha la acera y llueve… ya son presas de lo mismo… No quiero estar más triste por ahora… Volteo, veo detrás de sus humanidades cientos de ojos que les vigilan ansiosos de sus caricias, de sus besos, de sus imágenes que plasmarán en lienzos virtuales… Y me alejo triste, creía que acaso las cosas cambiarían, pero no cambian con los siglos…
Allí, como en un mercado de inocencias, los niños buscan y se entregan, como siempre, a quien les de su mejor propina…
Tal vez algún día vuelva, cuando hayan desaparecido las maquinitas, las miradas furtivas y sagaces de silenciosos amantes masculinos que esperan como en los valles a que estos conejitos estén hambrientos en la pradera para ofrecerles sus mejores frutos y manjares: el dinero y la compra de conciencias, sus cuerpos desnudos que ya no son suyos, durmiendo, si los dejan, en literas ajenas y sucias, de sábanas enfermas…
Volveré quizá cuando esto sea un infierno de enfermedades venéreas y loquitos caminantes pidiendo más monedas, no me agradaré porque intenté que diferente las cosas fueran; pero pareciese que al mundo le gustare como se pierde la inocencia virginal de los que son normales y en una noche de desenfreno y confusión se vuelven ángeles, ángeles caídos…Almas llenas de males que redondean el círculo y hacen de la vida un engranaje extraño, un mundo sin fin envuelto en estas penas de inocentes niños gratuitos que hacen de su infancia pasiones desenfrenadas en delirio de solitarios pederastas…
Recuerdo entonces, hace más de una década, en este mismo parque, cuando entre el llanto y las lágrimas del cielo que le llaman lluvias, me jure que solo volvería cuando el Dios que un día yo quisiera me dijo que abriera mi pequeña Biblia en el Salmo 137, que leyera en medio de esa lluvia pertinaz y fría lo siguiente:
Dichoso aquel que estrelle tus niños contra las rocas...
No sabía en ese entonces que un tema musical muy famoso y muy bonito que se llama Rivers of Babylon era la replica del Salmo que refiero, ahora después de los años entiendo porque me gustaba tanto la letra que no entendiera, porque era para mi un lenguaje extraño…

Volví al infierno cuando aún sus llamas no se extinguían, por eso vi al Monito, a Mechitas y al resto de niños, ángeles caídos, aún ardiéndose entre las flamas de los pederastas que los condenan.
Mejor me alejo… Medellín que llamaba la Babilonia que caerá, acaso no terminará nunca la rueda de maldad que cobija tu seno?
Mejor me alejo, sereno, como cuando dibujé en un mural en la casa de Omar, un cuadro que les asustó el alma a todos los que lo vieron… El Edificio de Coltejer envuelto en llamas, la gente que se arrojaba por los ventanales y las azoteas! Las calles cubiertas de escombros y a fe que si uno permanecía algunos minutos viendo esas pinturas de colores arrojando flamas a diestra y siniestra, terminaría por escuchar los gritos de las gentes cayendo por los aires encendidos en teas humanas…
Que pena, pero fue lo que pude más inspirar a mi mano trémula que era como guiada por mis lágrimas tristes de sabor a sangre tibia…
Y me decía mentalmente mientras el pincel destrababa mis pensamientos:
– Si me olvido de ti Héctor Darío, ángel caído que por primera vez vi en esas callejuelas y antros de lenocinio, que se me seque la mano derecha, que mi lengua se detenga si me olvido de ti… Angel Caído…
Volveré a esta tierra montañosa y pujante que dicen, cuando el quinto jinete del Apocalipsis haya limpiado las calles que son tus venas, de la envenenada sangre de los pederastas, los proxenetas y los jíbaros que la hacen tan llamativa para los hombres pervertidos y en la cual vagan en los locales de maquinitas con sus alitas escondidas los Angeles Caídos…