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En medio de esta travesía de incursiones, seis en total dentro del foro bl.net para desvertebras las redes de pedófilos y pornógrafos infantiles, , he conocido varios muchachos desorientados que buscan alguna ayuda a entender su identidad homosexual, a esos foros peligrosos cotidianamente llegan docenas de chicos muy jóvenes que son atacados cual si fueran presas por esos boylover, la intención única: obtener de estos chicos fotografías o videos caseros propios, es como un trofeo que luego lucirán los más antiguos miembros de esos foros, es como un ritual macabro que realizan. Muchos de estos muchachos terminan huyendo despavoridos, asustados, ya que su inclinación es homosexual, pero no pedófila que es como los orientan en esos foros; alguno de ellos, Español, que se dio cuenta de su error a tiempo, criticó la forma de actuar de algunos depredadores de esos e inmediatamente se le lanzaron como pirañas, de él supe una historia muy similar a la que creé y que pueden leer en seguida; en este momento el chico cumple 17 años, es feliz en España con su pareja, lo contacté de inmediato que tuvo la valentía de decirles la verdad en ese foro, estuvo ayudándome unos meses con información que obtuvo de algunos miembros; por fortuna se salvó una vida. Estractos de conversaciones de amigos.

A Mac, esta historia, que recoge una parte de su vida en una playa de España…
* Cambié los lugares por unos que yo conozco.

Viernes caluroso. Sol picante y quemante de una tarde septembrina

En la banca de cemento del parque que da a la playa, meditando juiciosamente sobre su solitaria juventud y su naciente mocedad, David, trece años, blanca piel como pedestal de mármol de antigua ciudad, novato citadino en busca de amistad; ojos claros de cejas vigilantes, manos delgadas, pulcramente cinceladas, muestra de una vida tranquila y sosegada; esbeltez natural, vientre firme de adolescente, caminar que a paso lento, parece seducir el viento del caribe, brisa marina, que se sabe conjugar con su delicadeza al hablar.
Es el segundo viernes de su visita a tan solemne ciudad, la Heroica, de cientos de batallas, de bucaneros, de piezas invaluables del pasado, de carretas populares, de arena, de mar. David, sentado en su lugar, sin pagar curul, allí, gratuito y grato parquecito le aguardarían quizá muchos viernes en las tardes de murallas indomables que han inspirado amores, escritores y turismo sin igual.

Que le atrae entonces si no es la belleza de la histórica ciudad?

Un chico de su misma edad… Cabellos castaños, ojos cafés, delgado, esbelto cual atleta griego, hablar caribeño, caminar fresco, piel tostada que deslumbró su mirada.
Dos viernes sin decir nada. Observa detenido su carrera, sus gritos, sus caídas. Se lastima el alma cuando su admirado caballero cae al suelo, él, bronceado, perfecto, se soba sus rodillas raspadas por la arena, David se acaricia el pecho angustiado por pensar que, aquel que se robó su atención cada vez que se cae, se lastima. Se muerde su labio y agudiza su mirada cuando desde el suelo deja ver algo por entre su pantalón de jugar. Es su fantasía… Su sueño de los viernes en la tarde.

Y, cuando terminan sus juegos cotidianos, David se acerca al grupo, en sigiloso andar, tratando de buscar ser invitado al juego del próximo viernes en la tarde. Lleva su balón en la mano, sin saber que será la llave que abra los candados para acercarse a su caballero que le trae volando por las nubes.

-Que balonzote! Tira!
Escucha una voz muy conocida. Gira su cabeza y allí, mirándole de pies a cabeza, como un dios alado, aquel que su atención ha robado desde la butaca del parque le extiende sus brazos, para que le lance la esférica que lleva en sus manos.
Presuroso la arroja con delicadeza. Despierta de su letargo, se hacen a un lado y se lanzan la pelota como si ya se conocieran.
-Hola. Me llamo Rafael. Tú?
-Que tal, soy David.
-Tú eres cachaco. Verdad?
-Si, soy de la capital. Vamos a jugar?
-Bueno, pero solo un rato.
David no creyó que eso sucediera, nada difícil fue.
Jugaron un buen rato hasta que la playa quedó sola. Se sientan, hablan de las olas, se distraen con la brisa marinera. Preguntas para conocerse, en las mismas playas de tantas quimeras, de tantos amores.
Se despiden. Será el otro viernes el día de la cita.
Tercer viernes en la tarde. Fresca esta vez. Allí está él, esperando su llegada, David se agrada, se siente importante, es presentado y sin más preámbulos se mete al juego de los adolescentes.
Termina la tarde, exhausto, su piel esta morena, cuando hace unos días era más blanca que los mármoles. Su aburrimiento desapareció. Conocer a Rafael le devolvió la confianza que había perdido en su vida por el cambio de ciudad.
Se sientan de nuevo en la playa, hablan de cosas de la vida. Se chancean, se bromean. Rafael se incorpora y corre con el balón de su recién amistoso visitante, su ademán es de ladronzuelo; David desesperadamente ansioso va tras él, lo alcanza, lo tira, la arena los acaricia, se rozan, casi se besan, pero no porque lo quieran sino que sus cuerpos lozanos en armonía se trenzan en un caudal de sentimientos puros, torrente de juventud y alegría, derroche de salud, virtud de almas que no se conocían pero la preciosa vida de robles adolescentes los liga.
David le roba la bota de su pie derecho, en el forcejeo Rafael deja caer una flautita al suelo. David corre con la bota y la deja en las hojas de una palmera; Rafael toca su flautita como si fuera un dios sagrado. David cae embelezado ante semejante condena, un pitoniso de trece años, lo hace danzar con su tonada.
Deja su flauta dulce en la arena y de nuevo se trenzan en lucha amistosa.
David lo doblega, le atrapa en el suelo, lo deja indefenso, sus manos lo dominan, ahora de frente lo mira, observa atento sus pupilas, sus cejas, su nariz, los gritos de suntuosa golondrina que quiere ser liberada. Rafael no puede hacer nada, solo esperar que su curioso verdugo lo libere de su fuerza.
Sentado en su pecho limpio, siente las redondas posaderas de su nuevo amigo.
La paz se interrumpe, una sonora y cruel palmada en la espalda de David lo tira a la arena, cae adolorido al lado de su nuevo amigo.
Rafael abre sus ojos temerosos, trata de explicar. De sus labios cuatro palabras:
-Es mi amigo papá
Un puñetazo miserable del brutal padre en el rostro, le hace callar.
-No quiero maricas en mi familia!
Lo arrastra por la playa, Rafael trata de calmar la sangre que fluye por su boca y su nariz, no llora, su mirada es de rabia, de pena contenida.
David se pone de pie, recoge su balón, baja la bota de la palmera, recoge la flauta. Camina tras ellos para tratar de devolver los objetos. El energúmeno progenitor suelta al tierno muchacho, la huella de sangre su estela va dejando en la arena. Ahora corre desesperado tras David!
El, asustado corre, ajusta sus brazos y atrapa las prendas que iba a devolver.
Corre, corre sin mirar atrás.

Cuarto viernes. En la misma banca de cemento, triste, golpeándole el rostro la brisa marinera, está David.
A su lado, en su maleta azul rey, reposan las pertenencias preciadas de quien fue su amigo de un día, la bota y la flautita de Rafael. Las vino a devolver, en acto de valentía. A enfrentar a quien fuera.
Siente entonces en su hombro una mano, gira la cabeza esperanzado.
No es él, no es el dueño de sus cosas más su corazón agobiado.
Es el padre del ángel que no alcanzó a conocer.
-Puedo sentarme contigo?
David asiente con su cabeza, no está asustado, más bien se ve enojado.
-Que quiere, donde esta Rafael? Porque lo golpeó de esa forma tan brutal. Que injusto fue, solo queríamos jugar.
-Si. Lo siento, lo sentiré toda mi existencia. Mi hijo Rafael se ha quitado la vida.
Fue una punzada que atravesó sin permiso su alma herida. Tomó desesperado su maleta, corrió por la playa, huyo de la realidad que miserable se le presentaba.
Cayo de rodillas, lamió la arena que veía aún ensangrentada en su alma desconsolada. Lloró amargamente por la perdida de tan corta vida.
Caminó hacia las olas, quiso morirse, ahora el agua sus caderas cubría. Sacó la bota, la miro, la beso, la dejó flotar un segundo eterno en el agua fría. Se mojaba y poco a poco se hundía, se perdía tranquila bajo el agua. Tomó la flauta, trato de sacarle alguna melodía, pero el llanto solo le permitió escuchar los gritos que danzaban al ritmo de su terrible agonía.
Ahora, los viernes, con un listoncito de cuero negro amarrado en su brazo, casi trancando su sangre, se ve en las tardes rojizas del caribe Colombiano, un adolescente con una flauta dulce en sus manos. Entona melodías, que cada día le compone a quien llegó a ser amigo de un solo día.
Rafael. Donde quiera que estés. Escucha mis melodías.