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Debo aclarar que muchos de los escritos que hice, fueron creados para especialmente manipular las mentes d´biles de los boylover en sus foros, lloraron con escritos, que fabricados como filigrana, sirvieron para adormecer sus instintos bajos y obtener sus más preciados datos personales, una guerra que librada contra sus mentes depravadas, no termina en nada bueno, se gana, pero que dolor cuando se sabe que esas mentes tan enfermas y adañinas, nada bueno corre, nada. La pedofilia es diferente a la pederastia, es, realmente mucho peor y más asqueros, por silenciosa y porque suele darse principalmente en círculos muy cerrados, familias, colegios, casas de templos cristianos… El que quiera entender que sepa.

Navidad triste… Si existe? Cuento independiente…

Al fin terminé el bachillerato, al fin. Exámenes, carreras, sustos, grado, prom, paseo a la costa o no se sabe, la novia triste porque todavía le queda un año, mi mejor amiguito, mi protegido de octavo grado, que lloró como si me hubiera muerto. En fin, hecatombe, cuando siempre pensé que sería todo un fin de año alegre, casi me enloquezco.
Nada comparada esta odisea del colegio, me esperaba una de las más grandes sorpresas que pudiera llevarse un chico como yo de 16 años, difícil edad esta, congruencia de propuestas, amigos, amigas, novias, familia… Que chévere la vida, me decía, sin abatirme por algunas caídas súbitas de genio, que el acné, que la barriguita, que las uñas comidas, los amigos dudosos que a mis padres no le gustan pero a mi me fascinan, que la música, mejor dicho, cuanta cosa que se inventan los que no se acuerdan de sus juventudes aventureras, como si no hubiesen tenido adolescencia. Entre esas personas, claro debo decir, la más abierta a mi rebeldía, la más alcahueta, la más querida, casi más que a mi mamá, la más consentida y consentidora, la amiga de arruguitas, la que me cubría las perdidas en fines de semana, la que me guardaba la maleta mientras estaba chupando piña con Andreita o jugando billar con Juanjo, o maquinitas en la esquina…
Debo decir que Juanjo solo tiene doce, pero me gusta su amistad porque es muy maduro, parece que fuera el amigo mayor, el que siempre está a la delantera, el que echa la mano al hombro para decir siempre, -“tienes razón hombre!”, así nunca la tenga uno, eso me gusta de Juanjo, también que me enseñó a jugar billar y algo que tiene de negativo, que por andar convenciéndolo de dejar el cigarrillo casi termino yo pagándole el vicio y con mis dientes amarillos, se me había prendido su vicio.
Andreita, Ah! Que lindura, me deja los labios morados, no se si será que sufro del corazón o que, pero a veces me han quedado hinchados después de estar hasta dos horas con ella intercambiando líquidos salivares, hasta casi llegar a desmayarme, sin fuerzas me quedo, a veces…
Bueno, en lo que estaba, esa personita, comprensiva, que me saca de apuros cuando me falta dinero para salir por ahí, la que me soba los tobillos o los dedos cuando me pasa algo jugando con los amigos o simplemente en los tropeles del colegio; esa cuchita, llena de blancura y la mirada más linda y convincente que me abraza, me besa la frente, me acaricia la barbilla o me limpia la boca de mugres inexistentes, me acomoda el cabello y me dice todos los días: – mijito, estás creciendo…
La abuelita! Que linda ella, mi adorada cuchita, mi secretista, mi confidente, mi consejera, la adorada abuelita…
Pasó lo del grado de bachiller, inician las vueltas de la Universidad, me salvé del servicio militar por ser menor de edad, pero llega algo que siempre me ha causado cierto escozor, cierta incomodidad… La navidad, para que, es muy bonita, es una vuelta rebacanisima, se siente la unión familiar, el corazón se enternece, todo da vueltas de colores rojo y verde, llaman a la casa los ausentes, cosas bonitas, para que, es una época muy linda… Pero, pero… Como siempre no todo puede ser tan bello, detrás de todo esto, detrás de las sonrisas, de los abrazos, de la fraternidad, de los regalos, siempre hay algo oculto: las preparaciones de la llegada de la Nochebuena!
Esto empieza así, ha sido tradición que uno e mis hermanos o primos le ayude a la abuela Conchita a armar su arbolito, su pesebre gigantesco y las luces de la fachada de su apartamento, la verdad hay que reconocerlo, es la mejor del barrio, además porque ella sabe hacer los mejores buñuelos de la comuna, la natilla más dulce y canelera, villancicos en su equipo de sonido creo que más viejo que ella, pero suena nítido todavía; su casa es llena de vecinos, comadres, amigos, todas las noches desde la Novena del pesebre, se ve su casa como una verdadera iglesia de creyentes, tras de su voz tan tierna y sus palmas animando los niños, repartiéndoles dulces, animándoles con panderetas, montones de tapas de cerveza en un alambre que suenan indescriptible… Aunque hacerlos es muy tedioso y por lo general lleno de machucones, por la inexperiencia con herramientas, martillos, alicates y puntillones.
Que navidad tan linda con la abuela Conchita… Lo que nunca supe ni sospeché, es el ceremonial que rodea este cuadro tan lindo en su pesebre gigante en la sala de su apartamento donde vive y todos lo arreglos que se ven en el arbolito rústico pero que engendra tanto cariño cuando el 24, a medianoche, toda la familia se reúne para verla con su barriga postiza, su barba que hace años era blanca pero ya parece grisácea; el traje que no es rojo sino que se volvió violeta… Aún así, es allí, en su apartamento de viuda y abuelita linda, de mirada serena, donde nos reunimos cada año a recibir los regalos de la familia y compartir, buñuelos, natilla, la media noche las uvas, la vuelta a la manzana con la maleta, que es la recocha más estridente liderada por ella, luego el ajiaco, delicioso, el mejor del mundo, a la media madrugada, el olor de los tamales que nos despierta, la música de su emisora romántica con canciones que nunca nos gustan, pero que ella nos inculca como propias de los ancestros…
Que navidades tan lindas, pero nadie sospecha que la realidad no es esa… Esta, ha sido la más amarga de mi vida…
Como era tradicional, el arreglo del pesebre y el arbolito en casa de Conchita, corre con la ayuda de uno de los nietos, uno que no sea muy niño, porque se distrae y no ayuda, uno que no sea muy grande porque gusto no le encuentra, nunca pensé que me tocara el turno, pero todos se pusieron de acuerdo y dijeron: Carlitos es el perfecto este año!
Cuando me lo dijeron, se me hizo un nudo en la garganta y no de emoción precisamente, me dieron como náuseas, mareo, sentí en la boca un sabor amargo, se me pasó todo por la mente, Andreita, el billar, Juanjo, las maquinitas, mis amigos, el Centro comercial, cuantas cosas… Pero eso nunca lo pensé cuando mis primos y hermanos se iban un día, solo un día a ayudar a la abuelita a preparar su concierto de sorpresas de nochebuena!
Llegó el viernes, pedí permiso en la empresa que me dio trabajo provisional de Diciembre, empacando mercados, llevándolos en el carrito al carro de los clientes y recibiendo propinas que van desde 100 pesos hasta cinco mil, que al final de la jornada de seis horas seguidas, con almuerzo incluido, llega uno a recoger hasta 40.000 pesos, ojalá por eso fuera Diciembre todo el año, ahora comprendo por que la gente así lo pide.
Son las seis de la mañana y cosa rara, repica el teléfono, me tapo la cabeza con la almohada… Escucho una voz entrecortada de bostezos… Mi mamá rascándose la cabeza toda despeinada, entra al cuarto con el teléfono: – Carlitos, te llama la Abuela…
Oh! Dios! Se me había olvidado!
– Dile que ya voy… Susurrándole a mi mamá: – ma, porque tan temprano?
Ella me responde sarcástica: – seguro piensa que puedas escapártele. Y sonríe.
Entré al baño, que frío tan berraco, mejor no me baño, pero abro la llave de la ducha, para que mi mamá no me eche cantaleta, me cepillo los dientes a medias, me pongo la misma ropa de ayer, nadie me va a ver a esas horas al fin y al cabo. Además no me demoraré mucho, eso es rápido me digo, armar un arbolito, el pesebre y las luces de la fachada, imposible que me demore toda la mañana empezando tan temprano y finalmente comprendí a la abuela porque llamaba tan temprano, quería que terminara antes del medio día!
Salí presuroso sin desayunar, al cabo ella me habría de dar un buen desayuno por colaborarle.
Llegué a su apartamento que no es lejos de casa, estaba en pijama, con su gorra de dormir que da risa, pero hay que disimularla obviamente, tomando tinto. Me ofrece un tinto también, no me gusta pero no puedo despreciarlo. Primer revés del día y tan temprano apenas las seis y veinte de la mañana, casi oscuro, es el tinto de los pocos que me he tomado que ha estado hirviendo dentro del pocillo, del tremendo quemón se me regó en las piernas y terminé por regarlo todo y ensuciarle el mantel y el piso…
– Mijito, pero se sabe que un tinto es caliente, que pasó contigo? Aun estás dormido?
No dije nada solo me lamí el labio con la lengua y me limpiaba el pantalón, menos mal ya estaba para lavarlo. El mantel, pues quitarlo y me dijo como autoritaria, ahora me lo lavas, no hay problema…
Ya luego, no me pareció tan tierna la viejita…
– Saquemos las cajas de las cosas, son cuatro.
Supuse que cajas pequeñas.. Cuando fuimos al cuarto de San alejo que parecía más bien una bodega de cosas decomisadas, veo las cuatro cajitas, casi me daban por el hombro! La miré preocupado, me dijo – tranquilo que no pesan.
No se que pulso tenía ella, cuando traté de mover la primera, sentí una punzada en la espalda y un dolor en las piernas horrible. Me acorde del profesor de educación física que insistía en el calentamiento del cuerpo antes de cualquier ejercicio… Nunca le hice caso, pero hoy, valoré su sentencia: – es peligroso para el cuerpo no calentar antes de cualquier actividad deportiva.
Precisamente no era deportiva pero yo me la estaba tomando así y realmente me mentía…
Ella, no perdía detalle de mis movimientos, ahí atenta, tuve que disimular el dolor, y hacerme el tonto, darle la vuelta al cuarto para mirar cual sería el punto más adecuado para mover la caja y luego convencerla de que sacando las cosas sería más rápido que mover la caja… Comenzó la odisea. Traje un asiento de la sala y me pegó un grito, ya no tan cariñoso, que le dañaría el tapizado a su silla, que la verdad sea dicha ya necesitaba reemplazo. Me hizo quitar los zapatos para subirme en ella, además de la advertencia que no me moviera mucho porque podría dañársela.
Empecé sacar las cosas y el polvo era impresionante, estornudé como cien veces, tosí hasta el cansancio pero ella ni se mosqueaba, le pedí un pañuelo prestado y su respuesta fue: – no seas tan exagerado!
La primera hora se me fue sacando los cachivaches de la primera caja (conste que ya estaba empezando a perder el genio tan bueno que me caracterizaba, pero tenía que guardar silencio), era el arbolito de navidad, un armatoste gigantesco y palidecido de verde, lleno de polvo y espinas que poco a poco fueron dejándome mis manos como las de un albañil de principiante, y ella, ahí encima mirando detalladamente lo que hacía, detrás de mi en cada viaje desde el cuarto de los chécheres hasta la sala… Veinte viajes? Creo que más como sesenta!
Viene la segunda caja, un poco más pequeña pero más pesada… Ya estaba caliente físicamente así que esta si pude moverla de su sitio, pesada Dios mío, pesada si estaba, cuando ya la tenía en la puerta lista para rodarla por el pasillo, me dice – espera, esa no, esa caja es de las cosa del abuelo!
Y se echa a llorar desconsolada… No supe que hacer, si devolver la caja o ponerme a consentirla, decidí lo último y cuando fui al baño a lavarme las manos, me miré al espejo y se me escurrieron las lágrimas llenas de tierra que dejaron un camino limpio por mis mejillas, nunca me había visto tan feo y sucio, parecía un gamín, que hubieran dicho mis amigos! Estaba lleno de tierra hasta los ojos, nadie que me conociera hubiera dicho que este era Carlitos!
Me lavé la cara, y las manos ni se diga, la ropa ya estaba vuelta nada de mugre, las orejas, el cuello… Oh! Dios la abuela, se me había olvidado, corrí donde ella, pero ya se había calmado y que cosa, la caja ya estaba acomodada en un rincón, donde no estorbara, le pregunté que como la había llevado hasta allí, me señalo al piso, un suéter viejo de lana había utilizado para moverla arrastrándola… Creo que era buena idea.
Moví así las otras cajas, tres para ser exacto, ya después no nos acordamos de los recuerdos del abuelo.
Ya eran las once y media, en ese momento me acordé que no había desayunado, pero ella no decía nada, y apenas a las once y media había sacado las cosas de las cajas; pero de desayuno nada. Bostecé para demostrarle algo, pero no se mosqueaba… Me resigné a pensar que habría, además de demorarme más de lo presupuestado, que ya habría de esperar hasta el almuerzo.
Otra hora duré sacando muñecos viejos, pastores, reyes, vírgenes e diferentes tamaños, más bien grandes y con muchos pedazos faltantes…
Llegaron las doce y media, nada de almuerzo, ella cacharreaba por allá en la cocina pero nada, ni un vaso de agua… Esa alegría de los diciembres se me estaba transformando en tormento. Como no pensé demorarme, dejé el celular en la casa y ella, no prestaba el teléfono ni para una emergencia.
Ya listas las figuras esas del pesebre que fue lo primero que decidimos o decidió ella armar, las fui acomodando en su lugar después de extender un papel verde en la sala y escucharle los lamentos porque ya no dejaban usar el musgo, menos mal! Si no de seguro me habría hecho madrugar a conseguirlo a una de las lomas de la cordillera que se ve a lo lejos, que por cierto en las madrugadas es bien nublada.
Cuando empecé a poner las figuras, que eran más de doscientas, escuché su voz autoritaria: – mijito, primero hay que limpiarlas…
Claro, le respondí entre los dientes… Me trajo un balde con agua, sola sin jabones o algo para cortar la mugre de esos morracos. Me puse juiciosamente a limpiarlos, resignado más bien diría, me senté y lo primero que dijo fue que los jóvenes éramos muy flojos no como en su tiempo, que porque todo lo queríamos hacer sentados o acostados… Sonreí, pero la verdad, ya no la veía tan cariñosa y consentidora, y el almuerzo nada…
Llegó la una de la tarde, no supe de donde sacó el almuerzo, el hecho es que cuando me dijo que pasara a la mesa, sentí el llamado de los dioses! No me había sentado cuando me frenó en seco! – A bañarte las manos, la cara y por favor le pones un periódico al asiento para que no me lo vuelvas una nada…
Bueno, ya era algo, almuerzo… Eran ya las dos y media, lo que pensé que me llevaría medio día, me parecía que nunca terminaría, pero bueno, ya había almorzado al menos; siempre acostumbrado a la siesta, pero hoy sería la excepción, pero que sueño tan tremendo! De nuevo a la tarea, que pereza tan gigantesca Dios mío, me pregunté quien se había inventado las navidades, o porque yo no sabía que eso era así y de seguro me habría enfermado para no ir a casa de la abuela a ayudarle.
Después de limpiar las figuras, las empecé a acomodar en su lugar, por lo menos lo que yo recordaba cuando iba de invitado todos los años. Se me hizo extraño que la abuela no estaba por allí, así que fui a buscarla y oh! Sorpresa, estaba profundamente dormida en su mecedora, no hice ruido, no por consideración creo, sino para que no fuera a molestarme mientras armaba el pesebre…
Resignado, miré a mi alrededor, se me fue el tiempo rápido, muy rápido, eran ya las seis de la tarde cuando ella despertó, o eso creí, porque cuando vino a la sala, empezó a contarme las novelas de la tarde… Y yo allí clavado armándole su pesebre. Aún quedaba el arbolito y las luces de la calle. Del almuerzo hasta esa hora, ni un tinto, que antes no me gustaba pero ahora si me olía profundamente a café, que aroma, pero ella no se animaba a darme nada, sería esa la delgadez que la caracterizaba?
Se llegaron las siete, de repente sale corriendo a su cuarto, me asusté y salí detrás de ella, al llegar: empezaba el noticiero… Me devolví apesadumbrado, de seguro se dormiría luego y yo que creí que terminaría ayudándome a armar el arbolito.
A propósito, lo de las luces, ya se quedaba para mañana, porque de noche está prohibido hacer algo en el conjunto residencial, no se podría ya ese día. Creí entonces que me iría temprano a casa a dormir y ya el sábado sería otro día, ya más experimentado de seguro acabaría antes del partido en el parque a las once de la mañana con todos los vecinos, un acontecimiento importante, porque era el reencuentro con amigos que escasamente saludada en las mañanas y que añoraba ya a fin de año.
El pesebre quedó hermoso, me dije, mejor que los otros años…
No hice demasiado ruido para que no se viniera la abuela a corregirme, me puse en la tarea de armar el arbolito, estaba taqueado de polvo, descolorido, me dio como pesar, porque nadie le habría regalado uno más moderno, que no tuviera que bregar tanto para armarlo y limpiarlo, ya estaban sus ramas metálicas oxidadas, todas las ramas separadas del palo principal, tenía que acomodar cada tamaño para empezar a armarlo… Me rasqué la cabeza con paciencia pero de pronto se me perdió esa paciencia y me tiré del pelo y gruñí de rabia pero pacito que ella no se diera cuenta.
Se dieron las nueve y cuarto… Y apenas había ordenado en el piso los tamaños y limpiado las ramas con un trapo que encontré en el lavadero y agua… Llega ella a la sala y empiezan los regaños:
– Mijito ese trapo es del piso, como se le ocurre y además mojado, me va a oxidar las ramitas del árbol, carambas, porque no preguntabas antes? Hay que limpiarlas otra vez con este trapito seco…
No dije nada, apreté los dientes, pero cuando la vi agacharse pues me dio pesar y le pedí el trapo para limpiarlas, le di un beso en la frente, al cabo me estaba resignando, ya eran las diez y media… De Andreita ni una palabra, Juanjo o los otros muchachos, bueno mañana sería otro día.
– Mijo, deje así ya, mañana seguimos…
Dulces palabras, no dije nada; me iba abañar las manos, pero no, decidí dejarlo para la casa, al cabo estaba de noche y nadie lo notaría. Le di otro beso para despedirme, me dio una bolsita con algo y me beso en la frente…
Salí, miré dentro de la bolsita de papel, una galleta y un pedacito de bocadillo, bueno un gran premio para una jornada difícil. Caminé las dos cuadras a mi casa tratando de esconderme, supuse como tendría la cara y si me encontraba a alguien, se burlarían. Afortunadamente nadie para molestarme.
Me bañe, hubieran visto la cantidad de mugre que salía de mi, el piso de la ducha en el baño, era impresionante, mi mamá me llevó jabón en polvo que sería mejor para sacarme ese tierrero y en efecto, si fue un tierrero el que me salió, las uñas que tanto me cuidaba se echaron a perder, esa misma noche me toco cortármelas, además de sucias estaban quebradas y tronchadas. Pero bueno, todo por la abuelita… Carambas.
Una buena cena, el reloj despertador a las seis de la mañana, pensé un poco, llamé a Andreita y finalmente me quedé dormido con el teléfono en la oreja a eso de la media noche…
Suena el reloj puntualmente, ya no me cogería de sorpresa, me hice un buen desayuno rápidamente, sándwich, chocolisto una buena jarrada, pan con mantequilla, la galleta de la abuela con el bocadillo, huevos revueltos, tostadas y un buen trozo de queso!
Me vestí rápidamente, una llamada tempranito y rápido a Andreita y otra a Juanjo para que dijera que estaría puntual en el partido a las once de la mañana, decidí llevarme mi mejor camiseta, la del Nacional, bien brillante de limpia y aplanchada, al cabo ya el arbolito estaba limpio y solo sería armarlo, las luces de la calle de la fachada sería rápido de pegarlas, las paredes estaban recién lavadas.
A la carrera salí, ya la abuela me esperaba en la puerta. – Mijito está servido el desayuno en la mesa…
Me dio pesar decirle que no, llevaba el estómago en su máxima capacidad, pero no le despreciaría a la abuela su detalle; me pregunté porque ayer no había tenido ese cariño, quizá supuso que habría desayunado en casa.
Casi a fuerza, terminé de comerme lo servido, las gracias y manos a la obra, me costó trabajo agacharme a recoger las ramitas del arbolito. Ya armado, la abuela me trae otra caja, me extrañé, era más pequeña y estaba igual de empolvada a las otras, pensé en mi camiseta y el partido, ya eran las ocho de la mañana y el tiempo apremiaba.
Al abrir la caja, cientos de bombillitas de colores de esos de puntas filudas, más enredados que un bulto de anzuelos! Comencé a sacarlas, me dieron ganas de ponerme a llorar… Calculé que no terminaría de poner esas luces en el arbolito y mucho menos en la fachada, además de sucias, tenía muchas bombillitas fundidas…
Al enchufarlas una por una, casi la mitad de las bombillitas no prendía, por fortuna ella tenía otras luces dañadas, de allí saldrían los repuestos.
Empecé entonces a cambiarlas y maldije cuando menos cuatrocientas veces, los dedos llenos de ampollitas y rayones que ya estaban sangrando, porque los bombillitas filosos dejaban sus huellas.
Al fin prendieron todas, ya eran las once de la mañana. Me senté en la sala… – que te pasa mijito?
– Nada abuela, estoy descansando un poco…
– Ustedes si son muy flojos ahora, no?
No le respondí nada, total, sería la primera y única vez que ayudaría a preparar esto.
Resignado de no poder ir al partido, empecé a vestir el árbol de navidad, que muchas veces fue mi gran alegría ahora era mi tormento.
Ya adornado, puesto en su sitio, el gran momento, encenderlo, llamé a la abuela que estaba en los quehaceres del almuerzo, con mucho optimismo le dije: – Listo abuela, el arbolito ya quedó hecho. Ella se acomodó sus anteojos y se tomo las manos apretando el delantal de cuadros, secándose sus manos, sonrió esperando que yo enchufara la instalación que le daría la luz a su gran orgullo y zaz! Nada, no prendió el condenado árbol.
Me rasqué la cabeza, empecé a mirar a ver que pasaba, pero la verdad de electricidad no se nada, por ahí prender la luz, y esas cosas cotidianas del diario vivir en esta ciudad. Me agache bajo el árbol, mire los enchufes, revisé las conexiones, pero la verdad no sabía que buscaba…
La abuela fue a la cocina y de repente se regreso sonriendo, – mijito ese enchufe no sirve ahora que me acuerdo, intente en aquel a ver…
Respire algo tranquilo, pero con nervios, pesimista me fui a enchufar las instalaciones y de nuevo la expectativa… Listo, prendieron, pero algunos bombillitas quedaron apagadas, – que lindo se ve cierto abuela? Me dijo que si y sonrió, me abrazo y me dio un beso… Me sentí mal, no iba a decir nada de los bombillitas que no encendieron, pero la conciencia no me dejó. – Espera abuela que faltan unos bombillitas por encender, a ver los arreglo…
Llegaron las dos de la tarde, al almuerzo… Totalmente resignado a estar también el sábado no se sabe a que horas, almorcé con paciencia.
Descansé un rato, me pregunté como les habría ido en el partido, que estaría haciendo Andreita, me parecían eternas esas horas…
De nuevo a la sala, acomodar algunas cosas desordenadas, verificar el pesebre, un retoque al arbolito y otra vez, a las cajas empolvadas a buscar las instalaciones para la fachada…
La misma historia de antes… Polvo por montones, mi camiseta de fútbol preferida ya estaba sucia, resignarme…
A la calle, con una pistola de silicona caliente, las extensiones examinadas durante más de una hora para que después de montadas funcionaran perfectamente, no me pasara lo de las luces de dentro de la casa.
Montado en una escalera que se balanceaba con cada movimiento me vi en el suelo en varias oportunidades. Calcular las distancias, medir bien donde quedarían los enchufes de forma que no hubiera que usar demasiadas extensiones eléctricas…
Pensé, usando la pistola de silicona, que su inventor tenía una gran mente para crear un objeto tan útil, pero esa alabanza solo duró unos minutos, porque cuando me quemé la primera vez en el brazo, me provocó arrojarla a mil kilómetros de distancia. Una ampolla gigantesca cerca de la muñeca izquierda, que ardía terriblemente…
Luego, no se como, en una maniobra por alcanzar un sitio inalcanzable para pegar un tramo de la instalación, por pereza de no bajarme de la escalera y moverla unos centímetros, la dichosa pistola, el dichoso invento echó a perder mi camiseta de fútbol preferida, un gran chorrión de plástico derretido que además me alcanzó a quemar el vientre, dejó un hueco en todo el centro del pecho y rasgandose hacia abajo, ahí si boté esa pistola lejos, con tan mala suerte que al estar enredada en la escalera se devolvió hacia la fachada rompiendo uno de los vidrios del frente…
Maldije, me bajé, la abuela salió afanada, no se que cara me vio, pero lo cierto es que me abrazó por la cintura y me dijo: – no te preocupes…
Me dieron ganas de echarme al suelo a llorar como un niño pequeñito. Me mordí los labios, tomé la pistola de nuevo y me subí a la escalera, seguí pegando las instalaciones, para cuando terminé ya eran las nueve y media de la noche, hubiera seguido de no ser por los administradores del conjunto que fueron a recordarme que estaba prohibido trabajar de noche allí.
No pude seguir, me falto conectarlas… No iba a dormir bien pensando si no funcionaban… No dormiría bien pensando que tuve que dejar de ir a trabajar al centro comercial y dejar de ganarme el dinero de tres días… Que me faltaría no se cuanto tiempo para terminar de arreglar la fachada. En fin, decidí quedarme esa noche donde la abuela más bien para no madrugar tanto…
Dormí en el sofá incómodamente, algo de frío, el vidrio roto no era muy grande pero por allí se colaba un vientecito constante pero que carambas que más malo podría pasarme? Quemado, en el brazo, con mi camiseta preferida quemada, mis amigos lejos, mi novia enojada… Carambas, que navidades más atormentadas… Y pensar que todas las anteriores nunca me pregunté como la pasaban mis primos y hermanos mientras le ayudaban a la abuela con su pesebre el arbolito y la fachada…
Llegó el domingo, al fin, terminada la faena, con todo y las pérdidas ocasionadas. Me puse en pie a las ocho, desayunamos amistosamente, pensé – de hoy no pasa, ya esto no puede quedarme grande…
Las luces fallaron dos veces, creo que me subí y baje de las escaleras unas veinte veces, los niños que pasaban me preguntaban cosas, pero les arrugaba la frente y no les contestaba… A las once, viendo pasar cantidades de gente a la ciclovía, sentí unas cosquillas en el estómago, pensé en mis amigos y las salidas en cicla todos los domingos, pensé en Andreita… Carambas, tocó resignarme…
Terminé a las tres de la tarde, igual de sucio que antes, la nariz llena de polvo, la cara sucia totalmente, las manos con rasguños, el brazo quemado, mi camiseta agujereada y una profunda tristeza que no podría explicarme nunca.
La abuelita contenta totalmente, me paré frente a la fachada con las manos en la cintura viendo las luces intermitentes y viejas. Me juré que el otro año le regalaría a la abuela un arbolito nuevo y unas luces modernas para la fachada…
Que quien fuera a ayudarle no terminara odiándola ni a ella ni a las navidades por tanta bregadera en armarlas. Pensé que quizá el otro año estarían más deterioradas, que quizá no servirían para nada…
Entré al apartamento, me duché, me puse mi camiseta hueca y raída por el trajín de esos dos días, el viernes no la había llevado, seguramente ahora quedaría como trapo del piso en mi casa…
Ya de salida, abracé a la abuelita, me sentí mal la verdad, de haber pensado con rabia en algunos momentos, la bese, me dio la bendición y un billete de cinco mil pesos. La abracé fuerte y le di un beso: – te amo abuelita, te amo…
En el pesebre se tomo la cara, le parecía imposible tener de nuevo la oportunidad de ver un Diciembre más en su vida… La abracé y sentí una cálida lagrimita rodando por sus mejillas… Se dirigió lentamente al arbolito y de entre la caja última sacó unas tarjetas que me dio para que se las ayudara a limpiar, una a una las abrí… Eran tarjetas de navidad de años anteriores, de amigos, de empresas, de recibos públicos con figuritas de campanitas y venados, papa Noel y unos enanos… Una de ellas era del siglo pasado, abrí la boca sorprendido que guardara esas reliquias, me miró por encima de sus lentes y me empujó suavemente… – Mijito, ya nadie regala tarjetas, toca reciclarlas…
Me sonreí, aunque tuve ganas de carcajearme me aguanté, no sea que se sintiera por lo burlesco…
Salimos, abrazo, beso, cogida de mano, la sonrisa tierna con la carita de medio lado…
Me estaba alejando cuando una vecina suya, se le acercó, la abuela me llamó presurosa: – Carlitos ven por favor!
En una corta carrera estuve cerca de ellas… – Si?
– mijito es que la señora te quiere decir algo…
Miré a la señora, vecina de muchos años de mi abuela Conchita… Ella puso sus manos atrás y con tono de ruego me dijo:
– Carlitos te quedó muy linda la fachada; quería preguntarte si estás ocupado esta tarde a ver si me ayudas con lo de las luces de mi casa…
Abrí los ojos y la boca, el corazón se me aceleró tanto que solo atiné a correr como loco a mi casa mientras la señora le preguntaba asustada a la abuelita que me había pasado…
Llegué a las cinco pasadas, ya oscureciendo…
Me recosté en la cama, recapacité acerca de esos tres días, la vida no es tan fácil pensé, porque nunca nos fijamos en los pequeños detalles de diario?
Pensé también, que las navidades ya no serían iguales, pensé en tantas personas que no tienen siquiera una fachada en donde pegar un bombillo, ni siquiera fundido quizá; pensé en el hambre que las personas aguantan a diario, pensé en las oportunidades de trabajo que la gente desprecia mientras otros anhelan tener que hacer algo para llegar a sus casas a darle alimentos a los suyos, pensé en cuantos no tendrían un ser que les diera un beso o les agradeciera algo que hicieran por ellos; pensé, que lindas las navidades, cuando hay algo que enseñan, cuando tienen secretos que hacen recapacitar al más paciente y resignado…
Navidades, no son fáciles cuando se descubre la verdad tras ellas…
Feliz navidad, cobra vida esta frase, cuando se valora lo que se hace por los demás…
Me puse a llorar… Rasgándome más mi camiseta preferida, esperando que Andreita me contestara el celular…